—Vaya, señores, no hay que impacientarse—repuso don Eugenio, y se acercó a Ronchi.
Ronchi le saludó y le cogió la cabeza entre las dos manos.
—Señores—dijo el napolitano—. Esta es una cabeza.
Todo el mundo se echó a reír.
—No hay que reírse—replicó él con un ademán de charlatán que habla en la plaza pública—. Yo ruego al respetable público que la examine con detención. ¿Qué vemos en este cráneo, señores? Primero, mirad este abombamiento de las sienes. ¿Qué significa este signo? Este signo significa, señores, el valor, el valor personal, que está acusadísimo en este cráneo. Ahora, reparad en esta prominencia que hay encima de la oreja. Este signo es el signo de la crueldad y de la inclinación sanguinaria. Este caballero que posee este cráneo es un hombre cruel y sanguinario. Ahora ved el abultamiento que hay delante del oído: es la señal de la astucia y de la malicia; observad lo alta que es la cabeza: indicio de firmeza de carácter, y lo señalada que está la línea del orgullo. En lo demás, vulgar, completamente vulgar; el sentido del amor, de la amistad y del afecto, sin relieve; el sentido poético y religioso, nulo. Esta no es una cabeza filosófica, no es una cabeza artística, este es un condottiere... En fin, caballero—concluyó diciendo el napolitano inclinándose de una manera ceremoniosa y bufonesca ante Aviraneta—, craneoscópicamente es usted un hombre peligroso.
Aviraneta correspondió a la reverencia y dijo:
—Eso dice también Zea Bermúdez, pero yo no lo creo.
Se miraron unos a otros riendo de la alusión política de Aviraneta, que se sabía que estaba perseguido.
Se abandonó la craneoscopia, que a algunos no hacía gracia, sin duda porque la encontraban derivaciones antirreligiosas, y se habló de cuestiones del momento.
—¿Saben ustedes el epitafio que se ha hecho a Fernando VII?—preguntó el cura Mansilla.