la hubieran ejecutado
antes de ser coronado,
más valiera a la nación!
Este epitafio, recitado por un eclesiástico, se aplaudió estrepitosamente y escandalizó a Chamizo. Días antes, una cosa así hubiera hecho temblar a todo el mundo.
Acababan de recitar estos versos, cuando entraron en el comedor de casa de doña Celia dos oficiales jóvenes, Ramón Narváez, vestido de paisano, y Fernandito Muñoz, con uniforme de guardia de Corps.
La señora de la casa estuvo muy amable con los dos, sobre todo con el segundo. Pasaron todos a un saloncito a fumar y a charlar, y a la una de la noche se fueron los invitados a la calle.
Hacía una noche soberbia y fueron juntos hablando Aviraneta, Gamboa, Tilly, el capitán Del Brío y Chamizo.
—¿Saben ustedes lo de Fernandito Muñoz?—preguntó Gamboa.
—No. ¿Qué pasa?
—Que la reina está loca por él.