—Se dice y es verdad. Para este caso se ha pensado en una regencia triple. La cosa no tiene nada de absurda.
—No, no.
—La infanta Luisa Carlota y su marido, que saben por Celia y por mí la influencia que va teniendo Aviraneta entre la juventud, van a llamarlo un día de estos para hablar con él.
—¿Pero Aviraneta tiene verdadera influencia?—preguntó Chamizo.
—Sí; sí la tiene. Ahora está proyectando una sociedad de partidarios de Isabel II, no sé en qué forma. Yo quisiera que usted intentase convencer a don Eugenio de que la solución de la triple regencia, la reina con los dos infantes, no es tan ilógica como a primera vista parece.
—Bueno, probaré.
—Lo tendremos en cuenta. Vaya usted mañana a comer con nosotros a casa de Celia. Puede usted ir allí cuando quiera. Es necesario que nos unamos las personas discretas. Yo hablaré al infante don Francisco a ver si puede darle a usted un empleo.
Dejándole halagado por esta dulce esperanza, se marchó Gamboa. Al día siguiente, Chamizo fué a comer a casa de Celia, y ella le conquistó y le hizo prometer que seguiría sus consejos, con lo cual no le iría mal.