—¿Usted va a ser el encargado de la negociación, querido Uno?
—Sí.
—Pues dígale usted al conde que yo, particularmente, no puedo pactar con él, porque estoy ligado con otras seis personas que forman el Directorio Isabelino. Pregúntele a Toreno si me autoriza para que cite su nombre a nuestra Junta, y mándeme usted en seguida la contestación. En caso afirmativo, vaya usted a la librería de viejo de la calle de la Paz, y al chiquillo de la librería le dice usted: «Vete a casa de don Eugenio y dile que sí». En caso negativo, nada.
—Está bien, amigo Tres.
Fué Tilly al callejón del Gato y entró en un portal obscuro y húmedo. Subió por una escalera sombría y llamó en el piso segundo. Preguntó por el señor Queipo y le pasaron a un gabinete pequeño, que tenía en el fondo una alcoba con puertas con cortinillas. Tilly pensó que desde allí le estaban observando. Efectivamente, se abrieron aquellas puertas y aparecieron el conde de Toreno, el doctor Torrecilla y un amigo de los dos, don Mariano Valero Arteta.
El conde era un hombre más bien feo que guapo, abotagado, rojizo. Tenía una mirada brillante y audaz; vestía con mucho atildamiento, como un completo dandy, y hablaba un castellano en el que se traslucía el asturiano y al acostumbrado a vivir en Francia.
—Este señor—dijo el doctor Torrecilla al conde—es el que ha quedado encargado de avistarse con Aviraneta.
—¿Qué le ha dicho a usted?—preguntó el conde con viveza.