—Me ha indicado—dijo Tilly—que él no puede hacer nada solo y que quiere saber si usted le da autorización para comunicar sus ofrecimientos al Directorio Isabelino.
—Bien; no tengo inconveniente en que exponga mis ofrecimientos a los demás miembros de su Sociedad, pero sin compromiso para ellos de ninguna clase; hubiera deseado tener una conferencia con alguno de los jefes isabelinos.
—Se lo diré a Aviraneta—indicó Tilly.
—Mi objeto en esta conferencia se reducía a ofrecer mis servicios a la asociación, al paso que podría ilustrarles con los antecedentes que he adquirido en París relativos a la marcha absolutista que piensa seguir el Ministerio Zea.
Don Mariano Valero instó a Tilly para que dijese a Aviraneta que el conde de Toreno estaba animado de los mejores sentimientos y resuelto a arrostrar toda clase de peligros, a fin de lograr que se dotase al país de una Constitución lo más liberal posible.
Al marcharse Tilly, el conde de Toreno preguntó con gran interés a Valero por él.
—¿Quién es este joven?—le dijo.
—No le conozco apenas—contestó Valero.
—¡Qué tipo más distinguido! Este hombre hará carrera.
Tilly salió del callejón del Gato, fué a la calle de la Paz, a la librería de viejo del señor Martín, y le dijo a Bartolillo: