—Si la cosa va como parece, todo hace creer que el descrédito de María Cristina va a ser enorme. ¡El hijo del estanquero de Tarancón y de la tía Eusebia en la alcoba de la reina! La cosa es fuerte. Para impedir el descrédito se ha pensado en esta solución de la Regencia Triple, y si Cristina se enmuñozase de tal manera que perdiera todo el prestigio personal, entonces se intentaría sustituírla completamente en la Regencia por la infanta Luisa Carlota.
—Todo esto que me dice usted es nuevo para mí—dijo Aviraneta—. ¿Usted cree de verdad en los amores de Cristina?
—Sí, sí; es un hecho. Pregúnteselo usted a Fidalgo. Todas las camaristas lo saben. El otro día le vieron a Muñoz con un brillante gordo en la pechera; era de los que usaba Fernando VII.
—¿Y esto empezó antes o después de la muerte del marido?
—Yo creo que antes. Ahí han andado en el lío la modista Teresita Valcárcel, la querida de Ronchi, y otra muchacha camarista, Mari-Juana, que está enredada con Colasito Franco, que es un guardia de Corps, amigo de Muñoz. La reina ha andado rondándole a Muñoz.
—Hemos vuelto a los tiempos de María Luisa.
—Sí; nos gobernarán, como entonces, una reina italiana y un guardia de Corps. Veremos a ver qué sale de eso.
—Usted, Tilly, no suelte el hilo de la intriga. Estamos en un momento muy interesante.
—No tenga usted cuidado.