VI.
LOS INFANTES

Seis o siete días después estaba el padre Chamizo en casa de doña Celia, cuando se presentó un palaciego amigo de don Narciso Ruiz de Herrera, un tal García Alonso, y dijo:

—Ahora acabo de dejar a Eugenio Aviraneta, después de llevarle a Palacio a presencia de los infantes.

—¿Qué ha pasado?

—Pues siguiendo las instrucciones de Sus Altezas me avisté con el capitán Nogueras y le dije que necesitaba verme con Aviraneta. Puso el capitán algunos obstáculos, pero, por último, me dijo que le encontraría en su misma casa, a las tres de la tarde. Volví a esta hora, le expliqué de qué se trataba; me pidió un plazo de veinticuatro horas para consultarlo con sus amigos, y hoy he estado de nuevo en casa de Nogueras y en una berlina particular he llevado a don Eugenio a Palacio.

—¿Y qué ha ocurrido allí?

—Nada de extraordinario. Aviraneta y yo hemos sido introducidos en el saloncito pequeño dorado. Doña Carlota y don Francisco estaban arrimados a la chimenea, en donde ardía una hermosa llama. Después de la correspondiente presentación y frases de rúbrica, el infante, con su aire sencillo y franco, le preguntó: