Llamó y preguntó a la patrona:
—¿Don Eugenio de Aviraneta?
—No sé si estará. ¿A quién tengo que anunciarle?
—Diga usted al señor Aviraneta que hay aquí una persona que quiere hablarle de parte de un dominico de Vich.
—¿De un fraile?
—Sí.
—Don Eugenio no es muy amigo de frailes—murmuró la patrona para sus adentros—, ni yo tampoco.
Dió el recado a Aviraneta y éste exclamó:
—Que pase en seguida ese caballero.
Recorrió un largo pasillo el enviado de Barcelona y entró en un cuarto en donde estaban Aviraneta y Nogueras. Era un cuarto grande, blanqueado, con una estufa de hierro al rojo. Tenía las puertas y las contraventanas de cuarterones, y un balcón tan alto sobre la calle de Segovia, que el asomarse a él daba el vértigo.