El reciénvenido saludó a Aviraneta y a Nogueras con una inclinación de cabeza.

—Vengo de Barcelona—dijo—con una contraseña del Dominico de Vich.

—Siéntese usted—le indicó Aviraneta.

El hombre vió la puerta que había quedado abierta, la cerró él mismo y se sentó en seguida.

—¿Supongo que estamos en una casa de confianza?—preguntó.

—De entera confianza. Este caballero es el capitán Nogueras, amigo mío y afiliado a la Isabelina.

—Yo me llamo Salvador, y traigo esta contraseña del padre Puig, que debe corresponder con la otra mitad que ha debido remitirle y que componen las dos una tarjeta.

Nogueras fué al fichero y sacó de allí un trozo de cartulina cortado de una manera caprichosa, que se confrontó con el que traía Salvador. Venían bien.

Era el enviado de Barcelona un hombre pálido, de bigote negro, fino, vestido de obscuro, con unas maneras frías, humildes e insinuantes, y un aire reservado y misterioso. Se le hubiera tomado a primera vista por un enfermo; pero observándolo mejor se veía que no lo estaba. Tenía una palidez de hombre que no ve el sol; era un tipo de obscuridad, de covachuela, de iglesia o de convento. Su sonrisa le desenmascaraba; era una sonrisa cínica, de un hombre débil, servil y bajo.

—Puede usted hablar, señor Salvador—indicó Aviraneta al enviado.