—Pero, aun así, la consultaremos con el Directorio—añadió Aviraneta.

—Es posible que la idea no sea oportuna—replicó Salvador—; como teníamos la duda, por eso me han enviado a mí aquí. El Dominico lo que quiere saber es si el ofrecimiento de esta gente palaciega que sigue al infante don Francisco y al conde de Parcent es aprovechable, o no.

—Es muy lógica la actitud de ustedes—exclamó Aviraneta—. Yo no la reprocho. Espero que nos pondremos en todo de acuerdo.

—Yo lo dudo—repuso Salvador.

—¿Por qué?—preguntó Aviraneta.

—Aquí la cuestión principal—dijo Salvador—es que ustedes parece que están dispuestos a esperar, y en Barcelona no se puede esperar. Los patriotas de allí acosan al Directorio y están dispuestos a elegir nuevos jefes y a abandonar a los antiguos si éstos no dan la voz de marcha y derriban al momento a Zea Bermúdez.

—Eso también quisiéramos hacerlo nosotros lo más rápidamente posible—replicó Aviraneta—. La cuestión es poder.

—Naturalmente—dijo Nogueras.

—Bien; pero allí hay una inquietud cada vez mayor. El Dominico quiere calmar a la gente dándole la esperanza de que, aguardando lo necesario, el movimiento será secundado en las demás capitales; pero la gente se cansa de esta espera.