—Esa es una cuestión irresoluble—murmuró Aviraneta—, en estos asuntos, el impaciente no tiene más remedio que dejarlo.
—Yo creo, señor Aviraneta—dijo Salvador—, que lo mejor sería que usted mismo fuera a Barcelona para ver si puede tranquilizar aquella agitación y aconsejar calma a los impacientes explicándoles lo que pasa aquí.
—Yo consultaré con el Directorio y veré qué resuelven.
—También quisiéramos que se viera usted con el general Llauder, en Barcelona, y, a cambio de la protección de aquí de Madrid, le arrancara la promesa de tener dominados a los carlistas. Llauder, como sabe usted, es voluble; allí le llaman el Meteoro.
—Consultaré eso también con el Directorio.
Hablaron después de cosas indiferentes, y Salvador se marchó de casa.
—¿Qué le ha parecido a usted este ciudadano?—preguntó Nogueras.
—No me gusta este tipo. Esa palidez, esos labios delgados.
—¡Eso qué importa!
—A mí me parece un hombre vil, serpentino, que sería peligroso si fuera inteligente y valiente; pero creo que no es ni una cosa ni otra.