Chamizo le esperó leyendo un ejemplar en griego de El sueño de Luciano. A la hora u hora y cuarto apareció Aviraneta. Salieron Chamizo y él del café y fueron marchando por la calle del Príncipe, la Puerta del Sol y la calle Mayor.

Aviraneta tenía que dejar un recado en una casa grande próxima a la Almudena.

Pasaron el postigo, viejo y roto, que era lo único que quedaba de la primitiva Puerta de la Vega del Madrid antiguo, y se sentaron en unas piedras. Estuvieron contemplando los cerros de la Casa de Campo, las casuchas próximas al Manzanares, las ropas puestas a secar y la gran vega, que comenzaba a ponerse verde. El cielo brillaba muy azul, con algunas nubes blancas.

—¿Qué ha habido con los infantes?—preguntó el ex fraile.

—Hemos tenido una conferencia. Hay un detalle que me ha escamado. Al entrar en la habitación de los infantes, en la antecámara había dos señores que parecían aguardar audiencia; uno viejo, muy elegante; el otro, más joven; pero me han dado la impresión de que me observaban mucho. Al terminar mi visita y al salir a la antecámara, los dos caballeros ya no estaban, cosa que me chocó, pues si esperaban audiencia no es lógico que se marcharan tan pronto.

—Sí, es raro. Quizá iban a ver alguna camarista.

—También es posible; pero allí no hubieran hecho antesala.

—¿Y qué ha habido con los infantes?

—Los infantes me han recibido como la primera vez, de pie, delante de la chimenea. La cosa ha pasado así. Don Francisco, con su aire de bobalicón me ha dicho:

—«¡Hola, Aviraneta! ¿Supongo que tendrás todo dispuesto para el viaje a Barcelona?»