—Bueno—dijo Aviraneta a Chamizo—, encárguese usted de los pasaportes, billetes, equipajes, etcétera. Mañana, a las doce del día, iré a su casa.
—Está bien; ahora mismo voy.
Mientrastanto, Aviraneta marchó a verse con Tilly y le contó la conferencia que había tenido con el infante don Francisco.
—Detalle más o menos, estaba enterado de lo ocurrido—dijo Tilly.
—¿De verdad?
—Sí. Lo malo es que me parece que Zea está también enterado.
—¿Usted cree?
—Creo que sí. Por si acaso no lleve usted ningún papel comprometedor en su viaje a Barcelona.
—No pienso llevar nada.
—¿Y a qué va usted allí? ¿A trabajar en favor, o en contra?