—Yo, en contra. Los de la Isabelina no aceptan por nada del mundo la solución de la Regencia Triple.

—Bueno. Estaremos, aparentemente, en campos enemigos; yo trabajaré a favor.

—Por eso no reñiremos.

Se despidieron y Aviraneta volvió a casa.

Como su memoria no era completamente segura hizo una combinación mnemotécnica con los nombres de las personas que tenía que ver y sus señas, y se inventó un sistema de rayas y de puntos que encargó a su patrona le bordara en un pañuelo con hilo rojo, como una greca de adorno.

En tanto, Chamizo terminó los preparativos de viaje, y al anochecer marchó a casa de Celia a contarle lo que ocurría y cómo iba a ir a Barcelona. Ella felicitó por su supuesta habilidad a don Venancio e insistió para que influyera en Aviraneta y le quitara de la cabeza toda idea de abandonar a los infantes. Celia pintó al ex claustrado un porvenir muy risueño.

Al día siguiente, por la mañana, antes de la hora convenida, se presentó Aviraneta en casa de Chamizo.

Venía de hablar con el coronel Obregón, el agente del infante don Francisco, y con un tal Ríos que le acompañaba, capitán de Urbanos, que era preceptor de los hijos del conde de Parcent.

Este Ríos afirmó delante de don Eugenio que la Reina María Cristina era en el fondo carlista, que creía que su cuñado Carlos era el que tenía la razón y el derecho en la cuestión dinástica, y que estaba dispuesta a entenderse con él. De aquí que la infanta Luisa Carlota y el infante don Francisco quisieran compartir con ella la Regencia para impedirla que hiciera traición a los liberales.

Aviraneta contó esta versión a Chamizo.