—¡Ah! Claro. Los amigos me han dicho que debo ir a Barcelona cuanto antes, no a secundar el movimiento, sino a impedirlo.
—¡Y ayer que nosotros hicimos el cuento de la lechera doña Celia y yo!
—¡Bah! Si una cosa no sale bien, otra saldrá.
Se preparó la diligencia y don Eugenio y Chamizo montaron en ella. Entraron después en el coche un canónigo, una señora gorda con una niña muy delgada, un matrimonio que iba a Zaragoza, un lechuguino de levitín y unos tratantes en granos. Aviraneta se envolvió en la capa y cerró los ojos. Chamizo sacó un libro y se puso a leer. Era el día 10 de enero de 1834.
III.
AVIRANETA, DETENIDO
Al caer la tarde llegaron a Guadalajara, se detuvo la diligencia en el parador de las Animas, fuera del pueblo; bajó Chamizo, y al hacer lo mismo don Eugenio, un señor de sombrero de copa y gabán esclavina, alto y de bigote negro, levantando el bastón, gritó:
—Señor Aviraneta. De orden de la reina queda usted preso.
Era el comisario de policía don Nicolás de Luna.