Al lado de éste había dos agentes y cuatro soldados de caballería.

Chamizo tembló pensando si a la detención de Aviraneta seguiría la suya; pero no se ocuparon de él para nada. Mandaron subir a Aviraneta a la habitación del cuarto principal de la posada, una sala con una alcoba; allí le registraron la maleta y los bolsillos, le quitaron los papeles, contaron el dinero que llevaba y se lo devolvió el jefe de policía.

Este propuso a don Eugenio que se echase en la cama un par de horas, si quería descansar, tiempo que tardarían en salir para otro punto.

Aviraneta entró en la alcoba y se tendió en la cama, mientras el comisario de policía sacó un tintero de cuerno y se puso a escribir un oficio sobre un velador de la sala. Dobló los papeles de don Eugenio, lacró el oficio, y llamando a uno de los agentes se lo entregó dándole instrucciones verbales. El agente avisó a los dos ordenanzas de caballería y les dijo:

—Para el superintendente de policía de Madrid.

Chamizo, tranquilizado, viendo que no se ocupaban de él pensó si podría hacer algún servicio a Aviraneta sin comprometerse, y pasó a la sala dispuesto a decir al comisario que quería despedirse del preso.

Cuando entró vió que don Eugenio y el comisario se cambiaban señas y se daban la mano. El ex claustrado pensó que serían signos masónicos.

—¡Hola, padre Chamizo!—dijo al verle don Eugenio—. ¿Qué piensa usted hacer? ¿Va usted a seguir a Barcelona o va a volverse a Madrid?

—Volveré a Madrid.

—¿A no ser que quiera usted venir conmigo?