—¿Preso voluntariamente? No, no; no tengo nada que ver con sus enredos.
El comisario se echó a reír.
—Puede usted venir si quiere acompañando a don Eugenio—dijo—y marcharse cuando le plazca. Por ahora no hay nada serio en contra del señor Aviraneta.
—Nada, don Venancio—dijo don Eugenio—, seguirá usted mi suerte de testigo presencial.
Se encargó que buscara un coche a uno de los agentes, y poco después se detenía una tartana delante del parador.
Entraron en el coche el comisario, Aviraneta y Chamizo; metieron sus maletas y fueron escoltados durante una hora por tres individuos armados.
El comisario don Nicolás de Luna había hecho, como sospechó Chamizo, signos masónicos de reconocimiento a Aviraneta, y al momento se entendieron los dos.
Luna dijo que era un teniente coronel indefinido, sin paga, que había aceptado el cargo de policía para alimentar una familia numerosa. Se notaba que el ser policía le parecía una cosa fea. El comisario tenía diez y seis hijos, y como su mujer no podía criarlos a todos, este hombre terrible, que prendía a conspiradores y a ladrones, se levantaba a media noche para dar un biberón a un chiquillo o una taza de leche a otro.
—¿Y cómo me ha conocido usted tan pronto?—le preguntó Aviraneta, a quien los detalles familiares no interesaban gran cosa—. No he hecho mas que bajar delante del parador de Guadalajara y se ha venido usted a mí.