—Creo que se engaña usted, Luna.
—No me engaño, porque yo mismo les he visto a esos señores.
—¿Quiénes eran?
—Don Lorenzo Calvo de Rozas y Romero Alpuente.
—Debe ser verdad, pero le juro que no lo sabía. ¿Y qué objeto tenían estos señores al visitar a Burgos?
—Pues el objeto era pactar con Burgos para derribar a Zea Bermúdez. No se han puesto de acuerdo; le han amenazado a Burgos, y éste ha comunicado las noticias a Zea, y los dos ministros han establecido, por el momento, una alianza y me han llamado a mí. En esto han sabido que un delegado de la asociación liberal iba a visitar a los infantes...
—¿Y por dónde lo han sabido?
—No sé; pero ya comprenderá usted que en Palacio las paredes oyen. Al saber esta noticia, hemos ido a la antecámara del infante y le hemos conocido a usted, y por eso le he prendido en seguida.
Aviraneta calló, entregado, sin duda, a sus reflexiones; calló el comisario y calló también Chamizo. Marcharon así, en medio de la noche, hasta llegar a Perales de Tajuña.
Aquí se apearon en un mesón, y el comisario mandó disponer un buen almuerzo, comieron, charlaron y, poco después, montaron de nuevo en el carricoche.