—¿Adónde me lleva usted?—preguntó Aviraneta.

—Por ahora, a Aranjuez. Allí me darán nuevas órdenes.

Llegaron a Aranjuez, al mediodía, y el comisario Luna condujo al preso y a don Venancio a una fonda.

El ex fraile opinó que se comía muy bien allí. En la mesa estuvieron los tres discutiendo de política, y fueron a pasear hasta el lago de Ontígola.

A la vuelta, entraron en un café, jugaron Aviraneta y el comisario al billar, y después de un rato de charla se acostaron. Al día siguiente, por la mañana, un soldado de caballería trajo un pliego para el comisario. Luna lo abrió y lo leyó, y se lo dió a Aviraneta para que lo leyera.

El superintendente decía que, examinados los papeles del preso, no se encontraba indicio alguno de culpabilidad; pero que, a pesar de esto, no era prudente que dejaran a Aviraneta libre, por lo cual se ordenaba al comisario que lo trasladara a las inmediaciones de Madrid, a uno de los mesones del Puente de Toledo, tratándole en el tránsito con la debida consideración y respeto.

—¿Qué le parece a usted el oficio éste?—preguntó Aviraneta a Luna.

—Que le dejarán a usted en libertad.

—Es posible; pero habrá que decir, como decían estos señores frailes, que lo contrario es también probable.

—¿Nos sale usted ahora con el probabilismo?—exclamó don Venancio—. Ya me parecía que le encontraba a usted algo jesuítico. Yo no soy probabilista; yo creo que le llevarán a alguna plaza fortificada, que es donde usted debe estar para curarse de su manía de meterse donde no le llaman.