El comisario se rió, y Aviraneta dijo que siempre la mala intención había sido peculiar de la gente de iglesia. Don Nicolás de Luna alquiló una calesa, subieron los tres y marcharon camino de Madrid.

El calesero se llamaba de apodo el Lince, aunque no tenía nada en su físico ni en su moral que justificara el apodo. El animal que tiraba de la calesa era una yegua. El Lince a cada paso la decía:

—¡Bandolera! ¡Bandolera! ¡Maldita sea tu estampa! ¡Que te metes en los baches! ¡Ay! Si me bajo... si me bajo... ¡Bandolera!

Cuando la yegua marchaba bien, el Lince se ponía a cantar una canción que entonces estaba muy en boga, y que comenzaba así:

Iba un triste calesero

por un camino cantando...

Y aburría hasta la yegua con el estribillo de

¡Ay! tirana, tirana, tirana.

Salieron de Aranjuez después de comer. Pronto notaron los viajeros que la calesa avanzaba poco y que, a pesar de los latigazos y los gritos y los «¡Ay! tirana, tirana, tirana», del Lince, la Bandolera marchaba muy mal. Estaba ya cansada, y había en el camino mucho barro.