Siguieron marchando, metiéndose en el barro, a veces sin poder sacar los pies, hasta que llegaron al mesón del Cuco. Empujaron el postigo, cruzaron el portal y el patio y entraron en una cocina de planta baja llena de arrieros, caleseros, aguadores y de otra gente desharrapada y de malas trazas.
La mesonera acudió solícita al ver al inspector Luna y mandó a la moza que les llevara al primer piso.
Se quitaron los pantalones y las botas, cenaron en un cuarto del piso principal, y como Chamizo no se hallaba vigilado, bajó a la cocina del mesón, grande y negra, en la que había quince o veinte arrieros esperando el yantar. Estuvo don Venancio contemplando la escena pintoresca: la posadera, que guisaba en el fogón; las maritornes, que iban y venían con mucho garbo, agitando los refajos de campana; los arrieros de Andalucía, con sus calañeses; los de Toledo, con sus sombreros anchos, y alguno que otro truhán desharrapado, con sombrero de copa. Cogió el ex fraile un rincón a la lumbre y se calentó los pies. Sacó una edición antigua de La vida del buscón, que le había prestado Gallardo para el viaje, y se puso a leerla. Estaba en aquellas atroces y bárbaras escenas que describe Quevedo en casa del verdugo, cuando le dieron en la manga.
—Mucho se divierte usted con la lectura, cabayero—le dijo un joven, que estaba a su lado.
—Sí; es cierto.
Era el joven un muchacho de unos veinte años, vestido de manolo, chaquetilla torera, faja roja y pañuelo en la cabeza. Chamizo creyó conocerle.
—¡Chist!—dijo el joven.
—¿Qué pasa?—preguntó el ex claustrado.
—¿Viene usted con don Eugenio?
—Sí.