—¡Si le he hablado hasta del mismo Aviraneta! Del número Uno, Dos y Tres del primer Triángulo del Centro.

—¿Y qué ha dicho?

—Que no tiene escrúpulo ninguno en verse con él. Que en España es indispensable echar mano del hombre de talento en donde se le encuentre.

—Muy bien. Vamos a ver si nuestro Triángulo asciende en categoría.

Marcharon el cura Mansilla y Tilly a casa de los hermanos Carrascos, que se hallaba llena de personajes amigos de la Reina Cristina y de alguno que otro isabelino de los menos intransigentes.

Había en el salón hasta veinte o treinta personas.

Donoso Cortés dijo, en un discurso elocuente, que la reina, convencida de la impopularidad de Zea Bermúdez, había pensado en sustituírle en la Presidencia del Consejo de Ministros por algún otro político más simpático a los elementos liberales.

Añadió que él, los hermanos Carrascos y algunos otros, consultados por Su Majestad, habían dicho que el más indicado les parecía don Francisco Martínez de la Rosa.

Los cristinos, al oír este nombre, aplaudieron con entusiasmo, y uno de los isabelinos que se encontraban allí, el conde de las Navas, dijo que era indispensable que Martínez de la Rosa ofreciese restablecer la Constitución de 1812 y convocar las Cortes.

La proposición produjo cierta perplejidad; entonces pidió la palabra Mansilla, y de una manera muy diplomática, y haciendo alarde de liberalismo, dijo que, como toda obra del tiempo, la Constitución de Cádiz tenía sus errores de perspectiva, y que no le parecía prudente el exigir que se proclamase íntegra la Constitución de 1812, pues podía modificarse y hacerse con ella un Código más oportuno, progresivo y liberal.