La mayoría de los cristinos fué de la misma opinión, y se llamó entonces a don Francisco Martínez de la Rosa, que estaba en otro cuarto y que, al entrar en la sala, fué aclamado. Martínez de la Rosa prometió que cumpliría los deseos de los patriotas.

Al momento, Donoso Cortés y uno de los Carrascos marcharon en coche a Palacio, y trajeron a la reunión la palabra de la reina de que aceptaba la destitución de Zea, y el nombramiento de Martínez de la Rosa.

Mansilla y Tilly le felicitaron, y el poeta granadino les dió a entender que no les olvidaría.

La entrada de Martínez de la Rosa en el Poder produjo, al principio, gran satisfacción entre los liberales, que creyeron que había llegado definitivamente su hora.

Pronto se vió que no había tal cosa; la política, naturalmente, no cambió, y los procedimientos de los ministros fueron los de siempre; una nube de policías comenzó a espiar, no precisamente a los carlistas, sino a los liberales.

Los de la Isabelina se decidieron a ayudar a que se consolidasen las antiguas sociedades secretas. El hermano Beraza tomó la paleta simbólica y se dispuso a levantar las columnas del templo masónico; se nombró gran maestre de la Orden a Pérez de Tudela, y jefes del Gran Oriente a Calatrava, San Miguel y otros varios. Calvo de Rozas tomó la dirección de los comuneros, y Aviraneta con González Bravo intentó nutrir las ventas carbonarias de los Europeos Reformados.

Martínez de la Rosa derivó sin proponérselo hacia la reacción como los anteriores gobernantes, no porque él quisiera ser reaccionario, sino porque todo Poder lo es.

Se decía que su política se discutía y se decretaba en un gran consistorio de abates afrancesados, como Miñano, Lista, Hermosilla y Reinoso; que después de resueltas las cuestiones pasaban los Pirineos, llegaban a París y allí recibían la suprema sanción de Guizot, el rey de los doctrinarios.

De este consistorio de abates nació, según unos, la idea de confeccionar una especie de carta como la de Luis XVIII en Francia, que fuera una Constitución en pequeño.

A los dos o tres meses de entrar en el Poder Martínez de la Rosa, los liberales eran tan enemigos de él como de Zea Bermúdez.