—¿Quiere usted venir conmigo al Café Nuevo?
—Vamos.
Fueron allá, se metieron en un rincón y le dijo Nogueras:
—¿Sabe usted que acaban de detener a Salvador, el enviado de Barcelona?
—¿En dónde?
—En el patio de Correos.
—¿Y por qué? ¿Se sabe?
—No. Estaba con él en el patio de Correos, y mientras yo miraba las listas y él recogía una porción de cartas, un comisario de policía con dos agentes le ha prendido. Ha llamado a la guardia, que ha venido con cuatro soldados, y se lo han llevado. He ido yo tras ellos. Han cruzado la Puerta del Sol y han entrado en una casa de la calle de Preciados, cerca del callejón de Rompelanzas. En esta casa, que es de huéspedes, vive Salvador. He pasado por delante de la puerta, donde había un agente. Este agente era de los nuestros, un tal Nebot, afiliado a la Isabelina. «Capitán, no se detenga usted—me ha dicho—. Vaya usted al Café Nuevo y espere usted allí. Cuando acabe el servicio iré a contarle lo que ha ocurrido». Y estoy esperando a que venga.
Aguardaron en el café un par de horas el ex claustrado y el capitán, hasta que entró el agente. Nogueras se levantó y el policía se acercó a él.
—¿Qué ha pasado?