—Pues nada—dijo Nebot, el agente—; llegamos a la calle de Preciados custodiando a Salvador; la tropa se quedó en la calle y subimos al piso principal el comisario don Nicolás de Luna, Salvador, cuatro celadores y yo. Don Nicolás arrestó al ama de la casa y a la criada. Dió orden también de que si alguien llamaba a la campanilla se le detuviese. Nuestro jefe pidió a Salvador la llave de un baúl grande que tenía en su alcoba, sacó de dentro una infinidad de papeles, hizo un inventario y firmó él, Salvador y nosotros dos. Se registró después el cuarto, los libros y la ropa, y como no se encontró nada, se puso en libertad al ama y a la criada, tomando a las dos sus nombres. Luego el comisario mandó bajar a Salvador a la calle, y escoltado por nosotros, los cuatro celadores y la tropa, lo llevamos a la Cárcel de Corte. Don Nicolás dió la orden al alcaide para que pusiera al preso incomunicado, y concluída la faena he venido aquí.

—¿Qué tal se ha portado Salvador?—preguntó Nogueras—. ¿Estaba sereno?

—No; nada de eso. Estaba muy pálido, y en la Cárcel de Corte, cuando le dijeron que le llevaban al calabozo, se puso tan amarillo que creímos que le daba algo.

Nogueras felicitó al agente por su gestión y cuando se marchó le dijo a Chamizo, con su aire grave y de suficiencia:

—Voy a visitar a los primates del partido a ver si hacemos algo por ese pobre Salvador. Le han debido coger algunos documentos comprometedores. Es un revolucionario terrible.

Nogueras tomó su capa y su chambergo y se marchó del café.

—Al día siguiente el ex claustrado estuvo en casa de Celia, donde se habló de Salvador. Se decía allí que éste era un republicano, un carbonario, un bebedor de sangre, que había venido con una misión secreta de Barcelona para los clubs de Madrid, y que lo iba a pasar muy mal.

Chamizo se acordó de la Junta del Triple Sello, de que algunos hablaban con gran misterio.

Por curiosidad y por saber qué ocurría, fué Chamizo a casa de Nogueras y a la tienda de la Lagarta; pero no lo encontró. Una semana más tarde vió al capitán, que estaba en el Café Nuevo, y se acercó a él.

—¿Qué hay de Salvador?—le dijo.