—¡Calle usted, hombre! ¡Calle usted!—exclamó Nogueras—. ¡Qué chasco!
—Pues, ¿qué pasa?
—¿No sabe usted?
—Nada.
—Pues que ha resultado que era un espía, un agente de Zea Bermúdez. Ya está en libertad.
—¡Es extraordinario! ¿Y cómo se ha averiguado eso?
—Verá usted. Cuando yo di la noticia de que habían preso a Salvador, se reunió el Directorio de la Isabelina y se habló de la manera de protegerle, y se decidió que sería conveniente ir a ver al superintendente de policía don Fermín Gil de Linares. Romero Alpuente, que le conoce, fué a visitar a Linares y le habló del asunto. Linares se presentó en la Cárcel de Corte, hizo que llamaran a Salvador y le tomó declaración. Salvador declaró que era un agente de Zea Bermúdez, que estaba en la corte para desbaratar un plan revolucionario que se fraguaba al mismo tiempo en Madrid y en Barcelona por los isabelinos, en el que estaban complicados la infanta Luisa Carlota y su marido, el conde de Parcent, el general Llauder, el general Palafox, Calvo de Rozas, Aviraneta y todos nosotros. Linares se quedó asombrado. Consultó en seguida con el ministro, y Martínez de la Rosa dió orden de que dejaran a Salvador en libertad. Figúrese usted el asombro de Romero Alpuente cuando fué como hombre bueno y se encontró acusado. El buen señor vino más amarillo y más feo que nunca a relatar lo ocurrido.
—¡Qué enredos!—exclamó Chamizo.
—Sí; está todo tan revuelto que ya no se va uno a poder fiar ni de su sombra.
—El mejor día va a resultar que todos ustedes son agentes de Don Carlos.