—No; eso no—dijo Nogueras, que no comprendía las bromas.

—Bien, pero algo parecido.

—Mire usted el papel que han publicado los nuestros.

Y Nogueras le dió al ex claustrado una hoja escrita.

En este papel se contaba la historia de Salvador; una historia de espionaje y traiciones. Se decía que en 1823, siendo oficial del regimiento de Lusitania, se pasó a los facciosos con parte de su compañía; que poco después estuvo de emisario del Gobierno realista con el objeto de espiar a los patriotas en Gibraltar y a los presos en los pontones de Lisboa, Barcelona y Marsella.

Se aseguraba también que había sido amigo de Regato; agente de Calomarde para sus juegos de Bolsa e intrigas políticas, y uno de los espías de González Moreno cuando el fusilamiento de Torrijos. Ultimamente había entrado al servicio de Zea como confidente para conocer los proyectos de los liberales y denunciarlos. Se afirmaba también que tenía una Sociedad secreta en Barcelona, donde maniobraba él con sus agentes provocadores.

Tras de esta hoja de servicios se ponían en el papel las señas personales de Salvador y la casa donde vivía en Madrid.

La lectura de la hoja en el Café Nuevo indujo a algunos exaltados a castigar al espía dándole una paliza, y a otros chuscos se les ocurrió alquilar una murga e ir a cantar el oficio de difuntos delante de los balcones de casa de Salvador.

La policía se enteró del proyecto y mandó a la calle de Preciados un piquete de caballería que dispersó a la multitud, que ya empezaba a reunirse en la esquina del callejón de Rompelanzas.

Un mes más tarde, Chamizo vió a Salvador, que salía de la iglesia de Montserrat de la calle Ancha con una mujer del brazo, los dos con un aire muy místico.