Chamizo le conoció e hizo como que no le veía. Por las pesquisas de Nogueras y sus amigos se averiguó que vivía en la calle de Silva, entrando por la plaza de Santo Domingo, a mano derecha, cerca del callejón del Perro, en el número 12, casa que era del Sello Real de la Corte, donde había vivido mucho tiempo Regato. De Madrid, Salvador salió para Cádiz, y de Cádiz se le envió a Filipinas con alguna misión del Gobierno.


III.
MALOS PRESAGIOS

La primavera de 1834 fué para Chamizo poco agradable. Como la Sociedad Isabelina, dirigida por Aviraneta y demás compadres, era ya tan conocida, el ex fraile no se atrevía a visitar a Nogueras y a los otros amigos.

Comenzó a dar lecciones de latín y de francés; pero no sacaba bastante para vivir. Gallardo le proporcionó alguno que otro trabajillo más; con todo su presupuesto se desnivelaba. Doña Puri, la patrona, le decía que no se apurara.

A casa de Celia comenzó a dejar de ir. Había en la familia un grave disgusto, que suponía el ex claustrado provenía de las relaciones de Celia y Gamboa.

Preguntó por éste varias veces, y por las contestaciones ambiguas que recibió comprendió que en él radicaba la causa del malestar.

El último día que Chamizo comió a gusto en Madrid fué el día de Carnaval. Chamizo se encontró a Gamboa, a Nogueras y a Gamundi en compañía de un paisano. A éste le presentaron como un ayudante del general Mina, llamado Francisco Civat.

Civat era catalán, carbonario y antiguo guardia de Corps. Era un hombretón, con el pecho saliente, un poco tosco, con una franqueza exagerada para ser sincera. Tenía la nariz gruesa, la cara juanetuda, los ojos claros y el pelo rojizo. Se manifestaba gastador, rumboso, hombre expeditivo, que no admitía dificultades ni dilaciones en sus proyectos. Civat era jugador y tenía fiebre de dinero y de placeres.