Iba todo este grupo a comer a la fonda de Genies y le invitaron a Chamizo a acompañarle. Los oficiales jóvenes marchaban al día siguiente a Navarra a batirse con los carlistas. Gamboa aseguró que no tardaría en reunírseles. El ex claustrado les envidió, porque estaban contentos de su suerte y se auguraban grandes venturas.
En la comida, Nogueras y Gamboa tuvieron la mala ocurrencia de discutir de política. La entrada de Martínez de la Rosa en el Poder no había satisfecho a los isabelinos. Antes de que el Ministerio del poeta granadino hiciera algo, ya estaban todos diciendo que era un pastelero y les daría un mico.
Nogueras exageró su malevolencia contra el nuevo presidente, llamándole con su pedantería habitual el coplero, el poetastro, Rosita la pastelera...
Gamboa, que se hallaba irritado y nervioso, aseguró que los isabelinos no debían echar a nadie en cara su inacción, porque ellos eran los más inútiles y los más incapaces de todo.
—No puedes decir eso—exclamó Nogueras—. Estamos todavía organizando la gente, tenemos ya cinco legiones en Madrid y ramificaciones por toda España.
—A mí no me vengas con historias—replicó Gamboa—. Tus isabelinos no son mas que unos ambiciosos como todos los demás que ansían ser ministros. En el momento en que creíamos que venía el absolutismo por el estilo del de Calomarde, les ofrecemos sublevarnos, echarnos a la calle, y nos dicen: «No, no; es necesario contemporizar, esperar...»
—¿Cuándo ha sido eso?—preguntó Nogueras.
—¿Cuándo? Cuando la reunión de los liberales en la calle del Arenal. Urbina y yo hablamos a Aviraneta en el café de Levante, y él estaba dispuesto. Esperamos, porque así dijeron los santones, y ahora resulta que no debemos esperar ni contemporizar... Todo porque no le quieren hacer ministro a ese bárbaro de Calvo de Rozas, ni a ese momia ridícula de Romero Alpuente...
—Estás exaltado—dijo Nogueras.
—No, no estoy exaltado; estoy cansado de intrigas y de tonterías. Así que cuando me digan a la guerra, voy a ir más contento que unas pascuas.