En la primavera de 1834 apareció en Madrid Margarita Tilly con su marido Sampau a pasar una temporada. Tenía tres niños pequeños.

Margarita convidó a comer en casa de los padres de su marido a su hermano Jorge, a Fidalgo, a Blanca, la camarista de Palacio, y a Aviraneta.

De sobremesa se habló mucho de Celia, que hacía días estaba algo enferma y retraída.

—Yo creo que está, más que nada, descontenta—dijo Tilly.

—¿Y por qué?—preguntó su hermana Margarita—. ¿No vive bien? ¿No tiene un pequeño círculo de adoradores?

—Sí; pero tiene ese egocentrismo de todas las mujeres, que les hace querer que el mundo entero gire alrededor de ellas.

—Ya está mi hermano definiendo—exclamó Margarita con ironía.

—Es la verdad. Todas vosotras exigís ser el centro del mundo, al menos de vuestro mundo, y no queréis que nadie se distraiga en los alrededores.

—¡Bah! ¿Y ustedes?—preguntó Blanca Fidalgo.