—No tanto. Al menos nosotros aceptamos que el punto central de la vida sea una idea: la Política, la Literatura, la Ciencia... Ustedes, no; ustedes tienen el amor del pequeño círculo, y Celia más que nadie. Nuestra amiga desearía que no pudiéramos ser felices sus íntimos mas que por su intermedio, y ella nos distribuiría la felicidad. Ella quisiera ser el nudo de su tertulia, el cerebro o la médula espinal.

—Yo no comprendo por qué Celia está tan descontenta—dijo Margarita—. Vive bien, el marido la mima, tiene una sociedad agradable....

—Todo eso no es obstáculo para que se aburra—interrumpió Tilly.

—No ha debido tener nunca entusiasmo por su marido—dijo Aviraneta.

—Nunca. Ahora que don Narciso está enfermo es cuando se ocupa con interés de él—dijo Fidalgo—. Antes era cosa conocida. Le tenía usted a Celia con su marido, y bostezaba, se ponía triste; venía Gamboa o uno de ustedes, y Celia renacía, estaba viva, ingeniosa, perspicaz; pero se marchaban todos, y entonces Celia decaía y comenzaba a bostezar y se le ponía como un velo en los ojos.

—Es una romántica—dijo Fidalgo.

—Hoy así se llaman estas mujeres—saltó Aviraneta—. Mañana se encontrará que los temperamentos de esta clase tienen el cerebro con más fósforo o los nervios con más electricidad que la normal.

—¡Qué materialista es don Eugenio!—exclamó Margarita—. Yo no creo que Celia es una mujer arrebatada.

—¡Ca!—dijo Blanca Fidalgo—. Celia es una mujer fría, sin arrebatos, con una coquetería puramente de cabeza; quiere tener a Gamboa a su lado sin soltar prenda, y esto es muy difícil.

—Segunda edición de madame Recamier—dijo Tilly.