—¡Bah! Con esta vida que uno hace, ¿qué mujer va a querer cargar con uno?
—Sí, eso es verdad; tendría usted que dejar sus costumbres de conspirador.
—¿Usted cree que un conspirador tiene costumbres?
—No sé; no tengo experiencia en eso. ¿Y qué tal va la Isabelina?—preguntó Chamizo.
—Ahora estamos entregados a un tal Civat, amigo de Palafox—dijo Aviraneta con sorna—. Lo que dice este señor parece la Biblia al general y a sus amigos. Andan todos faroleando por esas calles y hablando más de lo que debían.
Aviraneta afirmó que la política de los liberales llevaba mal camino.
—Tenemos una organización grande—dijo—; pero no contamos con hombres de acción: mucho charlatán y nada más. No existe el sentido del heroísmo y del sacrificio. Esta gente es incapaz de poner su nombre y su vida en una empresa. No hay un revolucionario de verdad. Yo me ofrecí a serlo; tarea difícil: exigía primero un voto de confianza y poderes omnímodos, responsabilidad única en el éxito o en el fracaso. Pronto vi que con estos señores no se va a ninguna parte. ¿Se trata de una medida de prudencia? Todo el mundo dice: «¿Para qué estas precauciones?» ¿Se intenta una medida de energía?: «Eso es una locura». Hay la suspicacia de la tontería. No vamos a hacer nada; lo siento, lo veo. Los militares quieren la guerra civil para ascender y algunos para enriquecerse; los oradores buscan una tribuna donde lucirse, y el pueblo, al que hemos estado excitando y pinchando, hará el mejor día una barbaridad, que será una estupidez, pero que será algo.
—¡Vaya una confianza que tiene usted en el pueblo!
—El pueblo necesita cabeza y no tenemos una cabeza, no hay un hombre. Todos estos señores de la Isabelina no valen nada.
—Excepción de usted, don Eugenio.