—Me voy a lanzar a ver si averiguo algo—se dijo.

Por la noche, envuelto en una capa vieja, se marchó decididamente a la taberna del hermano de Balseiro, el ladrón, de la calle Imperial, punto de cita, en donde, según la voz pública, se habían reunido muchos de los autores de las matanzas antes del asalto a los conventos.

Chamizo se acercó con miedo.

A la luz de un quinqué mortecino se veía, por entre cortinas rojas, la taberna, con un papel desgarrado, los anaqueles llenos de botellas, y un escaparate con fuentes con patatas y judías en salsa de pimentón.

Chamizo entró, pidió que le dieran de cenar, y entabló conversación con unos granujas, a quienes convidó a unas copas. Estos le confesaron sin rebozo que habían tomado parte en la matanza de frailes. Eran el Rapaz y el Anublado. Chamizo les preguntó por Aviraneta. No le conocían, no habían oído hablar nunca de él.

—Pues es un isabelino.

—Quizá le conozca el Santo Negro—dijo el Anublado—. Si quiere usted venir conmigo...

—¿Adónde?

—A la calle de la Ruda. Allí suele estar en una taberna.