—¿Y este Santo Negro tomó parte en lo de los frailes?
—Fué uno de los jefes.
Se decidió Chamizo y fué con el Anublado a la calle de la Ruda. Estaba la calle a obscuras, el suelo, cubierto de restos de fruta y de verdura, como un zoco marroquí. Se detuvieron delante de una casa alta, negra y sucia, entraron en un portal y avanzaron por un pasillo lleno de cestas, de montones de frutas podridas y cajas. Se respiraba dentro un aire pestilente, agrio, de materia orgánica fermentada. De aquí pasaron a la taberna; había allí una mezcla de olor de aceite, de humo, de sebo y de tabaco, horrible. El público de la taberna estaba formado por traperos, con un saco al hombro; viejas encorvadas, barbudas, con cara de hombre; viejas flacas, torcidas, con aire de sabandijas y melenas blancas amarillentas, cubiertas de harapos; otras, con la cara cuadrada, ancha, roja, congestionada por el alcohol; chiquillas pálidas y marchitas, con el pelo muy negro, y algunas con una cabellera rubia, y hombres de aire brutal.
Toda aquella gente, Chamizo la había visto el día de la matanza de frailes desparramándose por la ciudad.
En medio de aquel ambiente viciado, esta multitud de miserables estaba casi silenciosa; algunos hablaban en voz baja, otros jugaban, y otros dormían con la cabeza entre las manos, echados sobre la mesa.
El Anublado se acercó a un rincón en donde jugaban a la brisca cuatro hombres. Uno de ellos era el Santo Negro, un hombre bajito y rechoncho, cetrino, con unos ojillos brillantes y hundidos como los de un jabalí, unas barbas largas, negras y espesas, y una gran cadena de plata en el chaleco. Sus compañeros eran un tipo embrutecido de borracho: Matías el Sanguijuelero; un viejo pálido y flaco, el Raspa, y un jovencito afeminado, el Mandita.
El señor Matías tenía un ojo abultado y lánguido, con el párpado caído, el labio colgante, un aire de borracho socarrón y malicioso, y una manera de hablar ronca y achulapada.
El Anublado llamó al Santo Negro y le preguntó si conocía a Aviraneta.
—¡Biranete!—dijo el Santo Negro—. Yo no sé quién es.
—El otro día—murmuró Chamizo—, cuando la matanza de frailes, ¿no recibieron ustedes algunas órdenes de Aviraneta?