—¡De Biranete! Ninguna. Lo hicimos todo por nuestra propia cuenta.
Al Santo Negro le interesaba más la brisca que la conversación con el ex claustrado, y no le hizo caso. Salió Chamizo de aquel tugurio sin haber resuelto el problema. Pensando en la cuestión, que tanto le obsesionaba, se le ocurrió la idea de si el tal Gasparito sería un iluso, y que debía ir a verle.
No se atrevía a presentarse solo, y un domingo, con el chico de la librería del señor Martín, fué al Rastro a revolver libros viejos, y de allí marcharon a la calle del Carnero y se metieron en casa de Gasparito. Subieron a la galería, y vió Chamizo el cuarto de la tía Sinfo cerrado.
—¿Y Gasparito, el que estaba enfermo?—preguntó a un vecino.
—No sé dónde anda. Estará en la taberna.
—¿Ya se ha curado?
—¿Curado? No ha estado nunca malo. Sólo alguna que otra cogorza, que pesca de cuando en cuando.
—Pues yo vine aquí un día que estaba con un accidente.
—¡Acidente! ¡Ca! Los finge. Es un guaja. Como ha sido corista y va mucho al teatro, sabe hacer todas esas comedias.