Pocas horas más tarde prendieron, como isabelinos, a los generales Palafox y Van-Halen, y a Calvo de Rozas, Olavarría, Romero Alpuente, Villalta, Espronceda, Orense, Nogueras, Beraza, etcétera.
Todas estas prisiones se hicieron por denuncias del ex guardia de Corps Civat. Se dijo entre los liberales que este Civat era un espía de los jesuítas metido en una sociedad carbonaria de Barcelona, y que desde hacía tiempo estaba trabajando por los realistas. Alguien apuntó si sería uno de los instigadores de la matanza de frailes. Otros dijeron que era un agente del que se valía Martínez de la Rosa, como Zea Bermúdez se había valido de Salvador.
Difícil era saber lo que habría de cierto en todo aquello. Como los calamares, los políticos y los conspiradores enturbiaron el agua para salvarse. El caso fué que a Civat, en premio a su delación, le nombraron vista de aduanas de Barcelona, y que luego se refugió entre los carlistas.
Prendidos los principales miembros de la Isabelina en Madrid y en provincias, se hicieron mil cábalas acerca de ellos. Espronceda y Villalta cantaron la palinodia en seguida de una manera un tanto vergonzosa.
Los ministros y sus agentes aseguraron que el objeto de la Sociedad Isabelina era destronar a la reina y establecer la República. En tan terrible complot estaban, según el Gobierno, mezclados los revolucionarios de París y se trataba de hacer una matanza de realistas.
Según otros, más amigos de la Isabelina, la Sociedad pretendía, el día de la apertura del Estamento de procuradores, hacer que éste se erigiera en Cortes Constituyentes. Varios procuradores, afiliados a la asociación, estaban comprometidos a exigir que el Estamento se declarase en Asamblea Nacional. Las tribunas se hallarían ocupadas por los conspiradores, que pedirían a voz en grito la restauración de la Constitución de Cádiz.
En tanto, los jefes de las centurias se apoderarían de los campanarios, tocarían a rebato, ocuparían el Principal, la Aduana, la Plaza Mayor y los conventos saqueados en los días anteriores, y harían barricadas en las calles.
No se dejó de hablar por algunos de que los isabelinos intentaban elevar un meteoro que sirviera de señal. La fábula del meteoro iba popularizándose.
Desde el momento que se prendió a los conspiradores, todo el mundo empezó a hablar de ellos. Unos aseguraban que eran republicanos; otros, masones; otros, carbonarios. Se comenzó a tener un miedo por los isabelinos mayor que por el cólera.
«Con añadir que en la casa tiene pacto con isabelinos... hace usted prender a un enemigo», decía Larra en uno de sus artículos políticos.