que caiga yo en el garlito

de pretores, decuriones,

centuriones, ni triunviros.

En casa de Chamizo estuvo la policía a preguntar por él, y doña Puri tuvo la buena ocurrencia de decir que el ex claustrado hacía tiempo estaba en un convento.

Tuvo que comer Chamizo un puchero mísero en aquel obscuro comedor de doña Puri para los caballeros estables; tuvo que visitar tabernuchas y el bodegón del Infierno, y otros puntos de cita de aguadores y mozos de cuerda. Perseguido y sin recursos como se encontraba, pasó muy malos días. No tenía ni ropa para presentarse, pues la que llevaba estaba llena de rozaduras.

Un día se decidió a pedir protección a Celia. Cogió un gabán viejo, negro, y pintó con tinta todas sus grietas; hizo lo mismo con las botas, y fué a ver a la viuda de don Narciso. Ella le atendió, le dió dinero, le consiguió un pasaporte, y Chamizo entró en Bayona después de su accidentado período de vida en Madrid.

De aquella época le quedaron dos preocupaciones: una, la de no haber podido recoger sus libros de casa de doña Puri; la otra, la de no haber podido aclarar la realidad de la Junta del Triple Sello.


VII.
AVIRANETA EN LA TRENA