Una semana después de ser prendido, Aviraneta se paseaba en su cuarto de la Cárcel de Corte, de un lado a otro, como un lobo enjaulado. No tenía noticias de Tilly, no sabía lo que había hecho éste con sus papeles. A veces temía que su amigo le hubiera hecho traición; pero luego pensaba: ¿para qué? ¿Con qué objeto? Aviraneta no quería llamar a nadie, ni comprometer a nadie. Se consideraba bastante fuerte para ir remediando su desgracia en la soledad basta digerirla.
Aviraneta era un preso obediente, disciplinado.
La causa suya la había empezado a incoar el teniente corregidor don Pedro Balsera, con gran actividad.
El juez era un tal Regio, y el fiscal, don Laureano Jado, un antiguo afrancesado y absolutista, que le puso la proa a Aviraneta desde el principio. El escribano de la causa, don Juan José García, se le había mostrado a don Eugenio como enemigo acérrimo.
Por último, el alcaide de la Cárcel de Corte era, además de un perfecto bribón, un fanático de Don Carlos, y había sido puesto por Martínez de la Rosa con la consigna de vigilar a todas horas a Aviraneta para que no hiciera una de las suyas.
El ministro había pensado que nadie mejor para guardar a un conspirador liberal que un acérrimo realista.
Don Eugenio, en sus declaraciones, iba armando tal maraña, que el juez y el fiscal sentían que, a medida que avanzaba el proceso, pisaban un terreno más falso.
Don Eugenio había declarado que era cierto que él había conspirado contra el Estatuto; pero que no tenía cómplices; que el infante don Francisco y la infanta Luisa Carlota le habían instigado a que trabajase por la Regencia Trina; pero que esta solución no estaba en sus convicciones.
Respecto a Palafox, dijo que no le conocía, y afirmó que tampoco conocía al conde de Parcent, aunque alguien pudiera suponer que sí, porque había estado viviendo escondido en la casa de la calle de Cedaceros, que era propiedad del conde.
Cada nueva declaración era una maraña más. Don Eugenio iba dando detalles y detalles, mezclando un sinfín de personajes en la intriga, dejándolo todo en la penumbra. La aparición de un figurón respetable, mezclado en el relato del preso, le hacía dar al juez un respingo.