Aviraneta vivía en la cárcel en un cuarto obscuro y desagradable, y para pasear iba a la sala de políticos, en donde todos o casi todos en esta época eran carlistas, trabucaires catalanes y valencianos, curas, frailes y abogados y guerrilleros de la Mancha.

Había también ladrones complicados en la matanza y en el robo de los conventos.

A estas miserias se añadía el azote del cólera, que se cebaba en la Cárcel de Corte. El único entretenimiento que tenía don Eugenio era oír a Romero Alpuente, que, a fuerza de miedo al cólera y al Gobierno, llegaba a ser pintoresco y divertido.

Un día le dijeron a Aviraneta que el padre Mansilla quería hablar con él. Lleno de emoción fué al locutorio.

Estaba el alcaide delante, y a pesar del respeto que podía inspirarle un cura, y un cura que había venido en coche particular como Mansilla, le dijo a éste que no le permitiría tener una conversación a solas con Aviraneta.

—¿Aunque tuviera que confesarle?—preguntó el cura con orgullo.

—Tengo la orden del señor presidente del Consejo de Ministros de no dejar hablar al preso con nadie sin estar yo delante.

—Está bien—dijo Mansilla—; hablaré con él en presencia de usted.

Llegó el conspirador a la reja del locutorio.

—¿Qué tal, padre Mansilla? ¿Qué tal?—preguntó.