—Vengo a tomar informes de su vida y de su conducta.
—¿De mi vida?
—Sí, señor; de parte de los padres de la Compañía de Jesús.
—Señor mío—replicó don Venancio—, la Comunidad en la que yo profesé ha sido extinguida, y yo me considero con libertad de acción para vivir independientemente y sin tener que dar cuentas a ninguna otra Orden.
—¿Pero usted se considera dentro de la Iglesia?—preguntó el curita.
—Sí.
—Pues entonces debe usted obedecer.
—Según a quién—contestó Chamizo; y a las observaciones del jesuíta replicó con citas de San Agustín, San Juan Crisóstomo, San Jerónimo, Orígenes, etc. El padre Jacinto no andaba muy bien en cuestiones de disciplina eclesiástica, y dijo:
—Dejemos, si usted quiere, esas cuestiones teóricas, y vamos a la realidad. Se ha sabido que usted tiene relaciones con masones y revolucionarios. Se le ha visto a usted con frecuencia en una librería de viejo en compañía de don Bartolomé José Gallardo, que es uno de los enemigos más acérrimos de la religión.
—Hablo con él porque es un escritor erudito; pero yo no participo de sus ideas. A esa librería de viejo van también algunos eclesiásticos.