—Es un tanto farragoso, amigo de hacer frases campanudas. A este capitán le encargué que me proporcionase diez comandantes o capitanes de la clase de ilimitados o indefinidos, a quienes se pudiera confiar la organización militar de los liberales de Madrid.

—¿Qué organización ha empleado usted?

—La de los carbonarios. El núcleo primero es de diez hombres, con un jefe, y se llama decuria, y al jefe, decurión; cada diez decurias forman un centuria, con un centurión; cada diez centurias, una legión, con su jefe o pretor.

—Los nombres no me gustan—murmuró Tilly—, tienen un aire arcaico.

—A mí, tampoco; pero hay que dejar un poco de pintoresco para la gente y habría que reemplazarlos por otros, lo que no es fácil.

---¿Ha encontrado usted pronto sus hombres?

—Muy pronto. Hay entusiasmo. En una semana Nogueras me ha traído a casa una porción de oficiales jóvenes, un poco ruidosos y fanfarrones, que se han encargado de la obra. Han reclutado dependientes de comercio, estudiantes, médicos, abogados...

—¿Y es una gente fácilmente dirigible?

—De todo hay. Al lado de estos militares alegres y fanfarrones, de los dependientes de comercio y estudiantes llenos de entusiasmo, hay los abogados, los que se sienten con aptitudes políticas, y esa gente es gente hambrienta y rapaz que busca la carrera, que quiere medrar...

—Tipos como yo—dijo Tilly.