Don Eugenio atravesó el zaguán, subió la escalera y entró en la sala, en donde se encontraban Mansilla y Tilly.

—Santas y buenas tardes—exclamó Aviraneta al entrar—. ¿Qué tal vamos, señores?

—Muy bien; ¿y usted, don Eugenio?—dijo Tilly.

—Perfectamente. ¿Y el reverendo padre Mansilla, el número Dos de nuestro Triángulo, cómo va?

—El reverendo padre marcha tan bien como el número Dos—murmuró el interesado.

—¿Damos por comenzada la sesión del Triángulo del Centro?—preguntó Aviraneta.

—La damos—contestó Mansilla.

—¿Hay cosas que contar?

—Las hay—repuso Tilly.