—Empiece usted, número Uno.
—Como habrá usted podido observar—indicó Tilly—, el folleto mío se ha publicado y se ha repartido. He recibido varias cartas de contestación, que tiene usted aquí, y he sido invitado a una reunión, que se celebró hace dos días en casa de don Rufino García Carrasco.
—¡Hombre, muy bien! No creí que marchara usted tan de prisa. ¿Qué pasó en la reunión?
—A la reunión acudieron don Juan y don Rufino Carrasco, el duque de San Carlos, el oficial de la Secretaría del Ministerio de Gracia y Justicia, don Juan Donoso Cortés; el conde de Parcent, con el capitán Ríos, y algunos otros aristócratas y palaciegos. Se puso a discusión la fundación del nuevo partido, que tendrá como principios la defensa de los derechos de la Reina Isabel, la regencia de su madre y un vago liberalismo.
—¿Llegan a esto?—preguntó Aviraneta.
—¡Hum! En este último punto hay sus más y sus menos; algunos creen que debe establecerse una Constitución moderna; otros son partidarios de la Carta y de las dos Cámaras, y otros, por último, prefieren el absolutismo ilustrado.
—¿Hay partidarios de Zea Bermúdez?
—Partidarios de Zea, no; más bien de sus doctrinas.
Como la discusión del problema constitucional llevaba camino de eternizarse, el presidente don Rufino Carrasco resolvió dejarla para más adelante, y se pasó a discutir el punto de si los cristinos debían armarse, o no, para defenderse de los carlistas.
—Es cuestión importante. ¿Y qué se ha resuelto?—preguntó Aviraneta.