—Se ha resuelto comenzar en seguida el armamento. Los Carrascos serán los encargados de hacerlo, y con sus influencias en Palacio creen que no les pondrán obstáculos. Probablemente, en seguida va a empezar la compra de armas.

—La cosa es importantísima—murmuró Aviraneta—; nosotros haremos lo mismo. ¿Y usted, amigo Mansilla, ha adquirido nuevos datos?

—Los datos que tengo—contestó el cura—son que se prepara un movimiento absolutista terrible. En Palacio la mayoría son carlistas. La Milicia realista hierve; de los pueblos vienen constantemente emisarios preguntando cuándo se echan al campo; Merino, don Santos Ladrón, el conde de España, Maroto, González Moreno se está preparando.

—Aquí, ¿quién es el jefe? ¿El duque de Infantado?

—Sí; él y su hijo. El hijo es el que se dice que se pondrá a la cabeza de los realistas de Madrid.

—Pero, en fin, padre e hijo son un par de imbéciles—dijo Aviraneta.

—¿Eso qué importa?—contestó Tilly—. Pueden ser la bandera.

—¿Quién va con ellos?—preguntó Aviraneta.

—Va el rector del convento de jesuítas de San Isidro, padre Puyal; el colector Zorrilla, el archivero del duque del Infantado...

—Esta no es gente de armas tomar.