—No, claro es, pero de mucha influencia.
—¿Y de militares, hay muchos?
—No muchos: los jefes de los voluntarios realistas, el coronel Rodea, el teniente Paulez, el capitán Portas, que es el cuñado de Bessieres... Casi todos estos piensan unirse a Merino, si la cosa va mal, porque algunos tienen la esperanza de que si entre cristinos y liberales exaltados echan a Zea Bermúdez de la presidencia, apoderarse ellos del Poder.
—No está mal pensado. Es lógico. Nosotros defenderemos a Zea—murmuró Aviraneta—, y, mientrastanto, nos armaremos. Al menos, siquiera que podamos contar con Madrid. Aconsejaré a la gente que no haga la menor manifestación contra Zea. Que dure lo más posible es lo que nos conviene.
—Y ¿usted qué ha hecho?—preguntó Tilly.
—Nosotros hemos organizado nuestra Junta Isabelina, que ha quedado compuesta por Flórez Estrada, Calvo de Rozas, Romero Alpuente, Beraza, Olavarría y yo. Como jefe militar, con voto en el Directorio, ha quedado Palafox.
—¿Es gente que vale?—preguntó Tilly.
—Nada; viejos cansados, hombres serios y honrados, pero inútiles para una conspiración. Gente que tiene un hermoso epitafio nada más. Yo preferiría pillos, ambiciosos, crapulosos... indocumentados, pero con más ímpetu.
—Pero, en fin, ya que no se encuentran pillos hay que echar mano de gente honrada—dijo Tilly seriamente.