—Sí.

—¡Qué miseria!

—¿Y en la organización de la Junta han pasado ustedes todo ese tiempo?—preguntó Mansilla.

—No sólo en esto—replicó Aviraneta—. Hace unos días me encontré en la calle con un tal Francisco Maestre, ex administrador de Rentas de Avila. A este señor le conozco porque, en 1823, se reunió a la columna del Empecinado con los pocos fondos de las existencias de aquella administración. Maestre me contó sus vicisitudes y los trabajos pasados en diez años de cesantía, atenido a las míseras ganancias que iba obteniendo en el escritorio de un procurador. A pesar de su penuria y de sus dificultades, ha conspirado estos años pasados contra el Gobierno absolutista en compañía de Marcoartú, Miyar, Torrecilla, etc., estando él encargado de la correspondencia en provincias hasta que la conspiración fué descubierta.

—¿Y le ha dado a usted sus notas?—preguntó Tilly.

—Sí; me ha dado las listas de los comprometidos en Cataluña, Valencia, Valladolid y Zamora.

—¿Y cómo no se ha llevado usted al mismo Maestre?

—Porque no quiere. Dice que está cansado, enfermo y con una familia numerosa que mantener.

—¿Y los datos tienen valor?