—Grande.

—¿Así que la Sociedad Isabelina marcha bien?—preguntó Tilly.

—Viento en popa.

—¿Y qué consigna tenemos de aquí en adelante?—preguntó Tilly.

—Por ahora esperar; decir a todo el mundo que Zea es indispensable e insustituíble. Nosotros secundaremos lo que hagan los cristinos por debajo de cuerda, y, mientrastanto, nos prepararemos y compraremos armas. Usted, amigo Uno, visite a todo el que pueda.

—¿Y yo?—preguntó Mansilla.

—Usted, amigo Dos, busque el modo de averiguar lo que traman los realistas. Nosotros no estamos preparados; pero ellos, tampoco. Probablemente los carlistas se harán dueños de media España; pero con que nosotros tengamos las capitales, triunfaremos.

Lo mismo pensaban Mansilla y Tilly. Estas consideraciones les arrastraron a discutir principios políticos, en lo cual no estaban muy conformes.

—¿No podríamos hablar un poco del objeto de nuestra Sociedad?—preguntó Mansilla—. ¿Hasta dónde queremos llegar?

A mí me parece inútil la discusión, pero discutiremos lo que a usted le parezca. Yo creo que por mucho esfuerzo que hagamos, en España siempre nos quedaremos cortos—contestó Aviraneta.