—Yo creo lo mismo—dijo Tilly.
—Son ustedes unos malos liberales—repuso Mansilla—. No les gusta razonar.
—Es que yo creo que necesitamos una cierta cantidad de libertad para poder movernos desembarazadamente, y eso, a mi entender, hay que conquistarlo a todo trance—replicó Aviraneta.
—Es indudable—dijo Tilly.
—¿Pero es que ustedes creen que nosotros en España no hemos tenido libertad?—preguntó Mansilla—. ¡Qué error! La hemos tenido a nuestro modo. ¿Es que ustedes suponen que fray Luis de Granada y Santa Teresa no escribían con libertad y sin trabas? ¿Ustedes piensan que Mariana, Suárez, Molina Soto, no eran pensadores atrevidos?
—No sé—dijo Aviraneta—. No sé si tiene usted razón, o no. Cada época plantea su problema de una manera especial. Hablar de que el problema que se planteó antes es igual al de hoy, no tiene valor. Nosotros nos referimos a la libertad actual moderna en sus dos aspectos: libertad de pensar y libertad de hacer.
—¡Naturalmente—exclamó Tilly—, lo demás son tiquis miquis teológicos que no nos interesan!
—Veo que ustedes quieren la libertad del pensar, para no pensar—repuso Mansilla con ironía—. Pasemos a otra cuestión, ya que no gustan ustedes de las doctinales. ¿Vamos a trabajar por la libertad de los demás, sin premio?
—¡Hombre, no! Usted encontrará el puesto que merece rápidamente a consecuencia de la política. Con los datos nuestros se apoya usted en los realistas, y con los de los realistas, en nosotros, y como nosotros sabemos que está usted en nuestro bando, ya basta.
—¿Y usted, Aviraneta, va usted a trabajar sin esperanzas de alcanzar algo?—preguntó Mansilla.