I.
LAS PRIMERAS NOTICIAS
A medida que pasaba el tiempo, la situación política se iba haciendo más obscura. Los amigos de Aviraneta afirmaban que las revueltas no se harían esperar. Por otra parte, los realistas daban como seguro que el día de San José sería el del trueno gordo para la degollación de liberales, masones y cristinos. En las Vistillas y Puerta de Moros y en el barrio de Lavapiés los paisanos aclamaban a Carlos V.
Todos los días aparecían pasquines, la mayoría mal escritos, que acababan con vivas a Don Carlos o a Isabel, y con un «¡Mueran los masones!», o un «¡Abajo los flaires!»
Los voluntarios realistas estaban ya como licenciados, y no se les permitía salir a la calle de uniforme. Zea Bermúdez, el jefe del Gobierno, quería dominar la situación, y pensó en quitar las armas a los cristinos, de quienes se decía que se preparaban militarmente, y en desarmar a los voluntarios realistas.
El proyecto era excelente, pero de difícil realización. Todos los días había palos en las calles. Los realistas, cuando atacaban a los cristinos, decían que habían gritado: «¡Viva la Constitución!», y los liberales, cuando zurraban a los realistas, que habían prorrumpido en vivas a Carlos V.
Se dijo que iba a haber una gran conmoción popular, y que la señal la daría la ascensión de un globo. Estas señales con globos se relacionaban, no se sabe por qué, con el carbonarismo.
Unos días después de la jura de la princesa, al pasar por la Puerta del Sol el padre Chamizo, se encontró con Aviraneta, que marchaba en compañía de algunos amigos.
Había en la plaza gente mal encarada, armados con garrotes y bastones.
—¡Viva la reina!—gritaban los cristinos.
—¡Viva!—vociferaban todos.