—Está bien.
Se habló poco, porque iban a cerrar el café. Salieron todos a la acera de la Puerta del Sol, donde siguieron charlando. Dos o tres se despidieron y se fueron. El grupo seguía en la acera cuando Gamundi y otro joven volvieron corriendo hacia el café.
—¿Qué pasa?—les preguntó Aviraneta.
—Que hemos encontrado a Nebot, el agente de policía de la Isabelina, a la entrada de la calle del Arenal. Nos ha dicho que hace una hora ha pasado Zea Bermúdez a Palacio en coche y que debe volver dentro de poco. ¿No le parece a usted una magnífica ocasión para echarle el guante?
—Sí. Magnífica.
Se le dijo a Urbina y a los demás lo que pasaba, y les pareció la ocasión de perlas.
—¡Hala!—exclamó Aviraneta—. ¿Cuántos somos, nueve? Vamos cuatro por aquella acera y cuatro por ésta; nos pondremos enfrente de la casa donde hemos estado. Uno que vaya ahora mismo y que se ponga delante de la plaza de Celenque. Vaya usted, Gamundi. En el momento que pase el coche grita usted: ¡Sereno!
—Muy bien.
Y Gamundi desapareció embozado en la capa.
—Los que tengan bastón que se planten en medio y peguen a los caballos hasta parar el coche—exclamó Aviraneta—. ¿Hay algo que decir?